Los beneficios del arte
- 11 may 2016
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Por José Manuel Suárez Noriega* / El poeta alemán, Rilke, pregunta en una de sus elegías “¿Quién puede mostrarnos a un niño tal como él es? ¿Quién lo sitúa en las estrellas y le pone en sus manos la medida de la distancia?” y es inevitable no pensar en aquél pequeño príncipe que apareció en medio del desierto y hablaba de existencialismo a través de los baobabs y las rosas de tres espinas.
¿Qué despierta en nosotros el acercamiento al arte? ¿Qué genera en la mente del espectador una composición de El Greco o una deconstrucción de Pollock? ¿Qué hay en la trama de una tragedia lorquiana que deja al público en inerte silencio? ¿Qué encontramos en el clavecín que nos estremece con sus notas de cristal? Es la experiencia del arte la que nos abre la puerta al mundo real: el de las sinestesias, las parábolas y las imágenes sonoras; es el mundo de la sensibilidad y la imaginación que, en palabras de Immanuel Kant, tiene una intención sin propósito alguno.
El arte produce beneficios individuales que nacen de la mente del creador y se convierten en beneficios sociales al llegar a los sentidos de los espectadores. Como medio de comunicación, el arte ha cumplido una función primaria: dar testimonio de lo que nos identifica como seres humanos.
Y en tiempos en que la violencia se vuelve alimento de los medios de comunicación masiva y hablar de supervivencia es una constante en los discursos de politólogos, intelectuales, no intelectuales y oradores, gente por la calle, en escuelas y en los lugares más cosmopolitas y rurales, vale la pena reconsiderar los beneficios que el arte provee y acercarnos a la expresión pura del mundo alterno que nos ofrece el arte como experiencia.
¿Qué produce el disfrute estético de cualquier expresión artística?
Primeramente, el despertar de la sensibilidad. La sensibilidad no es lo mismo que el sentimentalismo. Se trata de una inteligencia emocional que incita a los sentidos a experimentar los estímulos sensoriales a través del disfrute y el placer desinteresado. Se puede ser sensible al movimiento del Invierno en las Cuatro Estaciones de Vivaldi sin conocer, siquiera, la intención original de la composición barroca. La sensibilidad es la respuesta espontánea, la que nos estremece o nos hace distanciarnos con repugnancia ante una escultura de un tiburón partido por la mitad.
Entenderse a sí mismo para entender al otro ha sido la fórmula del arte que, más allá de buscar el análisis de identidad, ha tratado de hacer duradero el puente que nos une desde nuestras individualidades. No hay nada nuevo bajo el sol y, sin embargo, cada encuentro con el arte es un descubrimiento de la novedad que el otro impregna en toda obra realizada. Lo aprehendemos para aprender algo de nosotros mismos.
El arte provee, además, un remedio para lidiar con (y hasta disfrutar) la ambigüedad. La racionalidad de la Ilustración trató de apagar toda traza de incertidumbre que el arte de los misterios (desde Bizancio hasta las colonias Novohispanas) había forjado en claroscuros y metáforas visuales. No lo consiguió para fortuna de artistas contemporáneos quienes, a través de la abstracción, el arte conceptual y la incorporación de nuevos medios a la factura del arte revelan la cara de otra certidumbre: lo único concreto es lo ambiguo. Paradoja de nuestra realidad y, a la vez, estigma de los tiempos venideros.
Y si a lo anterior agregamos la posibilidad de pensar de forma divergente, entonces, hay que recurrir a las fórmulas del arte para incrementar dicho pensamiento. No se trata de ir contra la razón sino encontrarle a la razón un par de guantes azules, un sombrero púrpura y hacerla caminar de cabeza. El pensamiento divergente es una habilidad que, racionalistas y cientificistas, intentan ignorar sin darse cuenta que las máximas de la razón y la ciencia nacieron del pensar diferente. El arte nos condiciona, irremediablemente, a aceptar que un mingitorio se convierte en fuente y que un reloj puede derretirse sin buscarle una explicación física. Y qué decir de las cajas de detergente Brillo que escandalizaron a los neoyorquinos cuando Warhol las expuso como obras de arte.
Finalmente, el arte propicia la resolución de problemas a través de la imaginación. Esta cualidad humana no está perdida, aún en un mundo tecnócrata y neoliberal, pues todo lo que hacemos nace de imaginarlo a partir de un planteamiento visual. Sin embargo, la imaginación que nace del acercamiento a las artes es la más pura, la que no admite prejuicios y la que encierra el misterio de la humanidad.
Cuando Charles Baudelaire imaginaba que había perfumes dulces como un oboe, se trataba de una máxima de la imaginación humana: la infinitud de posibilidades que tenemos dentro de nuestra mente. Infinitud que, a través del arte, cobra sentido en el universo de los sinsentidos.
* Director de la Licenciatura en Emprendimiento Cultural y Social Tec de Monterrey, campus Estado de México.
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